La vida tiene esencialmente dos características: el ser vivo se encuentra en constante cambio, y sólo puede desarrollarse en un contexto.

Este contexto del ser humano es su ecología: lo físico y lo biológico, pero también lo mental y lo espiritual.

El intercambio ecológico con el medio ambiente -en el sentido amplio que le acabamos de dar- es incesante y multidireccional. El medio cambia y sus componentes interactúan entre sí. El ser humano interactúa con el medio y el medio con él.

En una visión sistémica, dinámica y transdimensional, el ser humano -un sistema en sí mismo- está compuesto por sistemas. Y cada uno (mi hígado, mis miedos, mis ideas) interactúa con los demás. El ser humano es además su propio nicho ecológico, desde siempre y para siempre.

Y así como debemos cuidar nuestra persona en cuerpo y alma, debemos cuidar el gran contexto circundante.

De eso depende la sobrevida. Deben cuidarse las propias emociones, los propios pensamientos, las relaciones con otros. También, el propio cuerpo biológico, la casa y la comunidad.

Si pudiésemos reutilizar, reciclar y reducir -emociones, objetos- nos sería más fácil la vida.

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